Tuesday, July 15, 2008

En busca de la fe li cidad

Buscando en el dial de la radio del auto una cualquiera emisora para escuchar me encontré con que transmitían el poema de Max Erhmann que me encantó la primera vez que lo oí ahora no recuerdo cuántos años hace.
Aprovecho la disculpa del día dedicado socialmente a las progenitoras de todos para homenajearlas aunque ya no estén algunas de ellas entre nosotros como la mía que tanto quiero aún reseñando esa búsqueda de la felicidad, o desiderata:
Camina plácido entre el ruido y la prisa
y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio.
En cuanto sea posible y sin rendirte,
mantén buenas relaciones con todas las personas.
Enuncia tu verdad de una manera serena y clara
y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante,
también ellos tienen su propia historia.
Esquiva a las personas ruidosas y agresivas,
ya que son un fastidio para el espíritu.
Si te comparas con los demás, te volverás vano y amargado,
pues siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes.
Mantén el interés en tu propia carrera
por humilde que sea, ella es un verdadero tesoro
en el fortuito cambiar de los tiempos.
Sé cauto en tus negocios
pues el mundo está lleno de engaños,
mas no dejes que esto te vuelva ciego para la virtud que existe.
Hay muchas personas que se esfuerzan por alcanzar nobles ideales.
La vida esta llena de heroísmo.
Sé sincero contigo mismo, en especial no finjas el afecto
y no seas cínico en el amor,
pues en medio de todas las arideces y desengaños,
es perenne como la hierba.
Acata dócilmente el consejo de los años
abandonando con donaire las cosas de la juventud.
Cultiva la firmeza del espíritu,
para que te proteja en las adversidades repentinas.
Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Sobre una sana disciplina, se benigno contigo mismo.
Tú eres una criatura del universo,
no menos que las plantas y las estrellas,
tienes derecho a existir.
Y sea que te resulte claro o no,
indudablemente el universo marcha como debiera.
Por eso debes estar en paz con Dios
cualquiera que sea tu idea de El.
Y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones,
conserva la paz con tu alma
en la bulliciosa confusión de la vida.
Aún con toda su farsa, penalidades y sueños fallidos,
el mundo es todavía hermoso.
Sé cauto.
¡Esfuérzate por ser feliz!

¿Quién? ¿Yo? No, tú, el número uno

Imagina la escena: Gabriel García Márquez, como su personaje de Cien años de soledad, desvariando bajo un castaño, y Darío Arizmendi, sonriente, gozón, con la boca hecha agua al prever las consecuencias de aquella revelación.
José Arcadio Buendía contándole al periodista que ya no habría de ser el alquimista de las hicoteas y pececillos de oro sino el autor de otra novela de amor.
Ya senil, Gabriel García Márquez tiene traspapelados los pensamientos, la realidad y la ficción, ensopado en las marismas del realismo mágico su índice tembloroso, apuntando al éter, habría hecho la revelación.
Y Darío, atusándose los bigotes, daría la noticia al mundo: viejo y cansado, malo para la pluma –con la que habría de escribir páginas prodigiosas como muchos de sus cuentos y El coronel no tiene quién le escriba–, el maestro tendría guardado, en cualquier parte, la manuscrita novela de amor.
–¿No me habla de El amor en los tiempos del cólera?
–¿Cuáles tiempos?
–Los del cólera.
–¿Ah? Nooo.
–¿Otra?
–¿Otra, qué?
–Otra novela, Gabo.
–¿Sí?
–Tú me lo dices.
–¿Yo?
–Sí, maestro. Tú. El maestro.
–Ah, sí, yo, yo, yo. El mejor. El Nobel. Yo.
Pero no era de Gabriel García Márquez guardarse un texto: él escribía, pulía y publicaba. Ni siquiera dejaba reposar los textos algunas semanas o meses, como recomiendan algunos.
Él no dejaba enfriar el pan. Lo vendía de inmediato

Posted by marcas_c in 08:38:34 | Permalink | No Comments »